- Sochaczewski... but you have a
Polish surname!
- Yes!
- And can you speek Polish?
- No, not really
- Oh, what a pity! (qué lástima)
Esa fue la conversación que tuve en el hostel
de Cracovia, Polonia. Por primera vez en mi vida, no tuve que aclararle a nadie
como se escribe mi apellido, ni como se pronuncia. Si señor, ¡estos son los
pequeños placeres de la vida!
Pero remontémonos al principio. La historia
arranca en Frankfurt, en un marzo increíblemente frío con -10°C, más viento y
nieve los pocos días que pare ahí.
Me fallaron los cálculos con las temporadas,
y empezaba a dudar de que la campera que compré pensando más en Baires que otra
cosa fuera a alcanzar si las temperaturas se mantenían.
La nieve hizo que se atrasara considerablemente
el micro que salía para Polonia, y como Alemania dispone de muy pocas
terminales, no nos quedo otra que bancar afuera con todos los que esperaban.
El bus íntegramente poblado por polacos, la
película que pasaron fue lo más. En idioma original no reconocible, se ve que
tienen alguna ley de doblaje, pero las 2 únicas voces no eran actuadas sino “comentadas”,
en tono absolutamente uniforme, y siempre con el audio original muy bajito de
fondo. Cómo no dormirse, si encima estaba acurrucado en mi bolsa de dormir.
Por unas semanas se uniría a la mochila un
gozoso de la vida, el amigo Chris desde Viena,
con quien habíamos imaginado unas primaverales vacaciones en los Balcanes. Ilusos.
Como el jamón del medio entre Alemania y Rusia que fue, le dimos a
nuestra visita a Polonia un ribete histórico, explorando
las evidencias actuales de la Segunda Guerra.
Cómo no visitar Auschwitz y grabarse para
siempre en la retina las atrocidades de las que fue capaz – y sigue siendo – nuestra
humanidad. O ver lo poco que queda e investigar como se vivía en el gueto de
Varsovia, el más grande de todos los guetos nazis.
Es interesante lo presente que está la época de
la guerra en lo público, con cartelería, conservación de lugares históricos, museos,
aniversarios, muestras fotográficas. Tener presente para no repetir.
Claro que no fue lo único para ver en Polonia,
en una pasada que definitivamente fue solo un aperitivo de una futura visita
más completa.
Cracovia también fue un blanco paseo por diferentes credos, desde el
barrio judío hasta el barrio donde trabajaba Karol Wojtyla, también conocido
como Juan Pablo II. O el punto de partida para explorar las minas de sal de
Wieliczka, un complejo gigante de más de 300 m de profundidad y casi 300 km de
túneles, donde entre varias capillas pudimos encontrar al mismísimo Papa.
Sin dudas el clima también hizo lo suyo, al
hacernos cambiar de itinerario (el bosque de Bialowielza tendrá que esperar), u
obligarnos a probar toda la riqueza calórica de la gastronomía polaca. Aquí un
agradecimiento para quien me introdujo a la pizza con ketchup y las costumbres
del vodka polaco. Una redundancia según ellos, ¡porque vodka es polaco!
Na zdrowie!*
| Auschwitz |
| blanco sal (capilla en la mina de Wieliczka) |
| blanco nieve |
| castillode Cracovia |
| Varsovia |
| centro histórico |
| amarillo ámbar |
*Salud y fondo blanco.

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