28 jul 2013

Balnearios frozen

Un día decidimos ir a la playa. Bah, para ser más precisos a un angosto istmo algo alejado de la costa, el Curonian Spit (istmo de Curlandia),  que de un lado mira al mar Báltico y del otro encierra una gran laguna, conocida como Curonian Lagoon. Este accidente geográfico se extiende por unos 50 km en la parte que pertenece a Lituania; sería una visita de día completo, con traslado en ferry y bus de frecuencia dudosa.

El punto de partida fue Klaipeda, principal puerto lituano, que nació como Memel en épocas de dominio prusiano. La arquitectura de su pequeño casco antiguo todavía muestra parte de esos orígenes.


El termómetro marcaba -16°C temprano a la mañana, nos arropamos con absolutamente todo lo que teníamos a mano con la esperanza de que fuera suficiente. Media hora de caminata no alcanzó para entrar en calor... ¡¡esto iba a estar áspero!!

Con lo justo llegamos al puerto, completamente congelado en su interior, sin embargo dejaba espacio para cruzar hacia la orilla opuesta. Pero... ¡¿dónde está el ferry?! Miramos a nuestro alrededor y el peor pronóstico se hizo realidad: salía desde otro dock, a solo 100 m de ahí, pero llegar por tierra llevaría mínimo 1000 m. Corrimos desesperados rogando por que se atrase... Sin sentido. Solo veríamos la estela que dejara en el agua.

¿Cuándo sale el próximo? En una hora. El frío estaba estaba penetrando hasta los huesos, para colmo ahora transpirados y ningún lugar cerrado para calentar las manos. Para un café había que volver a la ciudad, ergo, terminamos caminando en ronda maldiciendo las vicisitudes del clima.

En eso aparecen unos hombres, bien equipados contra el frío, uno tras el otro, con mochila a sus espaldas y cargando un extraño artefacto, como un taladro plegable, de uso manual. Un rato nos rompimos el coco para entender su uso, sin éxito. La barrera del idioma nos impedía hacerla mas fácil.


Termino saliendo el ferry, y del otro lado un ómnibus, nuestra bendición, nos esperaba con una hora de viaje a pura calefacción. ¡Un éxtasis!

Los hombres del artefacto seguían con nosotros, y pronto se develaría el misterio. Como buena zona pesquera que antiguamente fue, en invierno es una práctica popular la pesca en el hielo. En la superficie congelada hacen un agujero con el taladro, por donde luego tiran una linea con anzuelo. Decenas de personas se juntan en las zonas donde hay pique, llevan su sillita y bebida para paliar el frío. ¡En algunos casos hasta instalan carpas para pasar la noche sobre el hielo!




Klaipeda
el artefacto

pesca a full


Pronto llegaríamos a Nida (también con pasado alemán Nidden), una aldea que en verano explota. Con nosotros se bajaría una única chica joven, a la que esperaba su novio. No había nadie. Pero el paisaje desolado lucía increíble: la Curoinan Lagoon totalmente congelada, el pueblo rodeado de un tupido bosque de pinos y unas grandes dunas hacia el sur.

Tímidamente probamos la estabilidad del hielo sin animarnos a mucho. Hasta que nos pasa por al lado un cuatriciclo de los grandes, dos personas arriba y cargado con cosas. ¡A patinar se ha dicho!

Quedaba la duna de Parnidis, de unos 50 m de altura, desde la cual sentirse como en el desierto, con un mar blanco de fondo. ¿Prohibido subir? ¡¡Ja!! Desde arriba se podía ver hacia la frontera con Rusia, la zona de Kaliningrado. Y es interesante el intercambio: los rusos van a Lituania a hacer las compras en el supermercado, considerablemente más barato; los lituanos cruzan a cargar el tanque de su coche con combustible subvencionado.


Inmortalizar esas postales únicas en digital fue una odisea: cada instante de exponer las manos al frío contaba. El hermoso viento helado que subía por las dunas no ayudaba. ¡Qué paradoja! Vivenciar un paisaje tan particular, a su vez solamente posible en estas condiciones.


Satisfechos con la jornada nos terminamos de recuperar en el restaurante del pueblo a fuerza de calorías. Nos tomaríamos el último bus (este no lo perdimos), junto al grupo de pescadores viejos. Todos a nuestros respectivos dulces hogares... felices con nuestras capturas.


Curonian Lagoon










Nida
tranquilos ustedes

24 jul 2013

Por la tierra de los orígenes

- Sochaczewski... but you have a Polish surname!
- Yes!
- And can you speek Polish?
- No, not really
- Oh, what a pity! (qué lástima)

Esa fue la conversación que tuve en el hostel de Cracovia, Polonia. Por primera vez en mi vida, no tuve que aclararle a nadie como se escribe mi apellido, ni como se pronuncia. Si señor, ¡estos son los pequeños placeres de la vida!


Pero remontémonos al principio. La historia arranca en Frankfurt, en un marzo increíblemente frío con -10°C, más viento y nieve los pocos días que pare ahí.

Me fallaron los cálculos con las temporadas, y empezaba a dudar de que la campera que compré pensando más en Baires que otra cosa fuera a alcanzar si las temperaturas se mantenían.

La nieve hizo que se atrasara considerablemente el micro que salía para Polonia, y como Alemania dispone de muy pocas terminales, no nos quedo otra que bancar afuera con todos los que esperaban.

El bus íntegramente poblado por polacos, la película que pasaron fue lo más. En idioma original no reconocible, se ve que tienen alguna ley de doblaje, pero las 2 únicas voces no eran actuadas sino “comentadas”, en tono absolutamente uniforme, y siempre con el audio original muy bajito de fondo. Cómo no dormirse, si encima estaba acurrucado en mi bolsa de dormir.


Por unas semanas se uniría a la mochila un gozoso de la vida, el amigo Chris desde Viena, con quien habíamos imaginado unas primaverales vacaciones en los Balcanes. Ilusos.

Como el jamón del medio entre Alemania y Rusia que fue, le dimos a nuestra visita a Polonia un ribete histórico, explorando las evidencias actuales de la Segunda Guerra.

Cómo no visitar Auschwitz y grabarse para siempre en la retina las atrocidades de las que fue capaz – y sigue siendo – nuestra humanidad. O ver lo poco que queda e investigar como se vivía en el gueto de Varsovia, el más grande de todos los guetos nazis.

Es interesante lo presente que está la época de la guerra en lo público, con cartelería, conservación de lugares históricos, museos, aniversarios, muestras fotográficas. Tener presente para no repetir.


Claro que no fue lo único para ver en Polonia, en una pasada que definitivamente fue solo un aperitivo de una futura visita más completa.

Cracovia también fue un blanco paseo por diferentes credos, desde el barrio judío hasta el barrio donde trabajaba Karol Wojtyla, también conocido como Juan Pablo II. O el punto de partida para explorar las minas de sal de Wieliczka, un complejo gigante de más de 300 m de profundidad y casi 300 km de túneles, donde entre varias capillas pudimos encontrar al mismísimo Papa.


Sin dudas el clima también hizo lo suyo, al hacernos cambiar de itinerario (el bosque de Bialowielza tendrá que esperar), u obligarnos a probar toda la riqueza calórica de la gastronomía polaca. Aquí un agradecimiento para quien me introdujo a la pizza con ketchup y las costumbres del vodka polaco. Una redundancia según ellos, ¡porque vodka es polaco!

Na zdrowie!*

Cracovia






Auschwitz




blanco sal (capilla en la mina de Wieliczka)

blanco nieve
castillode Cracovia







Varsovia



centro histórico





amarillo ámbar

*Salud y fondo blanco.