14 jul 2013

Espectro insular

Con hambre de más Filipinas me embarco hacia la infinidad del mar. Tuve suerte puede decirse, el bote de doble salida semanal falló las últimas dos. 

Uno de los últimos lugares, aunque eso depende de la insistencia y de los controles de prefectura. Bao tuvo su día; mientras los efectivos terminaban su rutina, a él lo ingresaban por otro costado.

El bote acá se llama bangka, está estacionado agua adentro esperando salir. Primero la carga muerta y después la viva, es accedida en 2 pequeños botes de remo que trabajan como hormigas. Los bultos en la bodega son envueltos en grandes bolsones plásticos. Sí, puede entrar mucha agua. Nosotros tenemos la libertad de ubicarnos donde queramos: en la proa con vista hacia el horizonte, al pasillo lateral dejando colgar las piernas sobre el agua, o en la cubierta para protección del sol.

Éramos pocos los turistas, apenas Karo, Chloe, Shani y Ofel, Bao, y un alemán que GPS en mano nos iba cantando los importantísimos datos de velocidad, dirección y cantidad de horas en las que llegaríamos. Pronto lo descartaríamos.

El ocaso nos indicaría el tiempo en el que despacito, despacito, irían asomando esos verdes montículos que significarían nuestro elixir en las próximas semanas: las Visayas.

Una zona dedicada a la pesca, que con el éxito fue migrando su actividad al turismo. Así conviven armoniosamente guesthouses con casas de pescadores, english breakfast con licuados de frutas tropicales, restaurantes occidentales con el mercado de productos frescos, dive shops con operadores turísticos locales.

Coron y El Nido se anotan primeras en popularidad. Todas las mañanas decenas de bangkas esperan para partir de recorrida entre los islotes paradisíacos. Para los buceadores hay un premio extra: 10 buques de guerra japoneses hundidos en el 1944 esperando a ser explorados. Increíble...


el chavo en bangka



Pero los mejores tiempos los pasamos en la recóndida Port Barton. Alejada del circuito tradicional, solo se accede mediante un jeepney diario. Y se descansa de verdad, hasta del turismo. Pobre Karo, que estuvo varios días en cama por una bacteria, mientras nosotros disfrutábamos de la playa. Como somos buenos compañeros nos iríamos pasando la bacteria el uno al otro.

Buenos compañeros con Chloe y Karo. ¡Qué inmenso placer es compartir con viajeros curtidos! Lo difícil se hace fácil y lo fácil... sigue siendo fácil.

Coron

Shani & Ofel


El Nido


Próxima escala, la particular Bohol nos esperaría para mostrarnos sus Chocolate Hills y sus tarsiers (tarsios en castellano), unos diminutos primates que derrochan simpatía con su generosa mirada. Aunque las cabañas sobre la barranca cubierta de jungla que rodea al río Bontoc, llevadas por unos belgas y totalmente aisladas de cualquier rastro de civilización, ya fueran una atracción por sí solas.

Del verde pasamos a Negros, la isla desde donde se pueden observar tiburones ballena, los tiburones más grandes (y buenos) del planeta Tierra. Que a su vez es punto de partida para Apo island. Una diminuta, ordinaria isla de pesqueros, si no fuera porque podés nadar con tortugas, hacerte amigo de cardúmenes de barracudas y deleitarte con su inmenso bosque de corales, que por su escasa profundidad recibe sol de lleno mostrándose en todas sus gamas.



Espectro de colores y posibilidades, que se multiplica más se avanza a través del espléndido archipiélago. Pero también espléndida despedida, sin dejar de sorprender hasta último momento.


Port Barton





si, acá paramos. el precio, irrisorio

el juego de la rueda
oh, i´m so spoiled
Bohol


Chocolate Hills, sigo buscando el color chocolate

tarsier

tiburones ballena en Oslob



costanera de Dumaguette, Negros
Casaroro falls

Balansisayao twin lakes
Penélope

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