La
oportunidad ameritaba, nunca me había internado del otro lado de la cortina de
hierro, y Bratislava, suponía, algo podía mostrar. Se celebraba el día de los
muertos, una fecha muy respetada por esta zona, donde se recuerda a los que físicamente
ya no están. La gente se moviliza, generalmente deja la ciudad para volver a
sus pueblos natales. La ciudad lucía vacia y rendía su propio tributo con un
aspecto gris entre la bruma y la lluvia constante. Cámara en mano, salí a
retratar ese particular momento.