Ya devuelta en Ulaan Baatar, el panorama
era bastante distinto al que vimos antes de partir. La ciudad lucía inquieta –
más que de costumbre, mucha gente y gers
instalados hasta en las plazoletas. Se aproximaba el gran evento del año:
Naadam.
Mucho antes de que existieran los Juegos
Olímpicos, en una lejana zona de Asia Central ya se reunían regularmente para
competir en sus propios juegos. La tradición perduró hasta el día de hoy, repitiéndose
festejos en todo el territorio de Mongolia y en la provincia china de Mongolia
Interior. De hecho es la misma gente solo que en algún momento les trazaron una
frontera entre países.
Nadaam es mucho más que un encuentro
deportivo. Es un verdadero festejo popular, para el cual el gobierno de
Mongolia concede una semana completa de feriado. La reunión principal se
celebra en la capital, pero son cientos de mini-Naadam organizados de forma
espontánea a lo largo y ancho los que configuran el alma de la velada.
Los juegos consisten básicamente de 3
deportes, a los que últimamente se reincorporó un cuarto que había quedado en
desuso. Carreras de caballo, la lucha mongolesa, tiro con arco y flecha, y
relanzado lanzamiento de “huesito”.
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| panorama de Ulaan Baatar |
Las carreras de caballo son tal vez las más
espectaculares y más difundidas a nivel mundial. Se hacen a campo travieso,
recorriendo de 15 a 30 km. Los caballos, jóvenes, son conducidos por pequeños
jockeys que no sobrepasan los 13 años de edad, vestidos con impecables
uniformes de colores. La geografía mongola es el entorno ideal para estas
multitudinarias carreras. Grandes carpas, sean gers o cuadradas como las que se usan para eventos, se instalan al
lado de la ruta, formando los campamentos base de cada grupo de competidores.
La distancia al lugar y principalmente mi alergía a los caballos hizo que
prescindiera de esta competencia.
Claro que había suficiente Naadam para ver
en Ulaan Baatar, con el estadio nacional propiciando de anfitrión. Después de 2
días de espera finalmente recibimos las entradas. Gente hace cola noches
enteras para conseguir su ticket, o eso es al menos lo que nos dijeron.
El involucramiento es total. Las raíces se
vuelven presente, con todo el glamour de la capital tomando forma de vestidos
tradicionales. El fervor es único, en especial cuando la competencia pasa a
instancias decisivas.
El primer día estuvimos en el estadio,
aunque la convocatoria no fue tan grande hasta llegada la nochecita cuando el
calor no acechaba tanto. Para variar un poco pasamos al campo contiguo, donde
se estaba llevando a cabo el torneo de tiro con arco. De repente nos
encontramos rodeados de competidores... sin querer habíamos colado en el palco.
En especial llamaban la atención algunos personajes mayores que, viendo el
trato preferencial que recibían más las medallas colgadas en sus pechos,
evidentemente se trataba de grandes campeones. El arco y flecha fue también la
competencia que le abrió lugar a las mujeres, de gran participación.
Seguimos de paseo, detrás del campo de
arquería había unos galpones. El desorden no hacía presagiar competencia
alguna, pero acercándonos descubrimos que se trataba del torneo de lanzamiento
de “huesito” (knucklehead shooting). Consta
de un bloque de hueso lanzado con el dedo a través de una guía, con el que hay
que dar en el objetivo. Se congrega mucha gente alrededor de la pista, el clima
de concentración se hace palpable. De nuevo, los controles son muy laxos y nos
dejaron acercarnos; la esencia sigue siendo la de un gran festejo popular.