Una grata sorpresa. En esas palabras podría
condensar mi impresión de este invitador alto en el camino.
Es que pueden engañar esas 4 horas de viaje
desde Chiang Mai, con innumerables curvas y contracurvas que no te extrañe terminen provocando mareos y un estado general similar al de una noche de
excesos. Especialmente si viajás en la última fila de la atestada combi.
Pero una vez que volvés a pisar tierra firme te
olvidás de todo. La bienvenida es ideal, con una calle principal sin nada de
tráfico, solazo de montaña mediante. Así de invitadora es Pai, esta acogedora
aldea mezcla de hippismo y rusticidad de montaña. La combinación hace su esencia:
un lugar de una paz inigualable, de sensación de vacaciones eternas.
Un pequeño río separa el poblado en dos;
cruzar el puente de caña alcanza para acceder a los bungalows (con
servicio bastante completo) que se pierden entre las flores y plantaciones.
La zona está habitada por pueblos locales,
tribus con un territorio definido que se fueron adaptando a la modernidad a su
manera.
Y como todo sitio en la montaña, la naturaleza
es la estrella. Por eso, si te gusta disfrutar del aire libre, este es tu lugar
en el mundo. Hay infinidad de senderos por descubrir entre superficies
cultivadas, arroyos, saltos y algunos bosques.
Si algo quedaba por agregar es que se encuentra
en Tailandia. País con su impecable trato al turista como marca registrada.
Claro, incluyendo la exquisita gastronomía.
Uno de esos lugares a donde se puede volver una
y otra vez. O quedarse para siempre.
| bananos |
| nuestro guía; oriundo de la cercana Myanmar, como muchos en el lugar |
| vivenda local, todo lo indispensable está a mano |
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