20 oct 2013

Una semana en el Gobi

Que terminara en Mongolia fue más una vuelta del destino que otra cosa. Problemas para conseguir mi visa china en Moscú hicieron que cambie de dirección buscando probar suerte en una embajada más amigable (?). Así me subí a un micro, sin llevar conmigo mi amiga la guía de las letras LP ni expectativa alguna.

Cuando viajás mucho tiempo y las millas se suman en tu bitácora, mientras la lista de países se va engrosando, te vas dando cuenta de que el mundo se convirtió en un gran pastel homogéneo, que hace las cosas muy fáciles al viajero, pero donde encontrar lo realmente auténtico de cada pueblo depende cada vez más del esfuerzo de uno.

Bien dicho esto, Mongolia rompe todos los moldes. ¿Qué decir de un lugar donde un tercio de la gente vive desperdigada en su inmensa superficie llevando una vida nómade; donde prácticamente no existen rutas, solo caminos hechos al andar? Un mundo de esos que ya habías perdido todas las esperanzas de encontrar.

...

Habiendo ingresado con éxito mi pasaporte en la embajada, quedaba un tiempo interesante para organizar un viaje al interior de la estepa. En el centro de Ulaan-Bataar hay varias agencias ofreciendo una paleta flexible de recorridos. Viajero independiente: lamentablemente es imprescindible contratar una camioneta con chofer. Que también hace las veces de mecánico y GPS, orientándose con anda a saber qué satélites. Lo positivo es que se optó por un turismo inclusivo, parando a pernoctar con familias nómades en sus carpas (llamadas gers), dando una significativa ayuda a sus desnutridas economías.

Así que con Dario, un italiano muy argento que encontré en Ulan-Ude (Rusia), nos pusimos a buscar. Más personas más barato, le escribí a Ferrán y Mireia, los españoles de quienes sabía que estaban en Mongolia. Y oh causalidad, justo entra un mail de ellos preguntando exactamente lo mismo. ¡Bingo! ¡Combi de habla hispana al desierto de Gobi!

...

Nos esperó una camioneta UAZ, al fin y al cabo todos habíamos sido soviéticos. Arriba Baggi, nuestro chofer, y Taggi, la guía-traductora al ingles. De compras por el supermercado y a rodar... y saltar.

La salida de UB es un subibaja. Ni bien terminan las calles de la ciudad arrancan los caminos de tierra alternando con tremendas rutas en construcción, montículos de material, pozos gigantes y desvíos por doquier. La zona algo montañosa - de las antiguas, muy erosionadas - deja lugar al semidesierto plano.

Lo de "camino" es una forma de decir, simplemente tomamos una huella en paralelo a un tendido eléctrico que por su bajo voltaje no parecía estar alimentando grandes poblaciones; después ni siquiera eso. Y algo que en la previa podía preverse aburrido no lo fue: no pasó una sola hora con el mismo paisaje, muy cambiante en sus colores y formas. 360° de no ver civilización, con el cielo haciendo la experiencia más sublime.

Entre tanta inmensidad los pocos rastros humanos llaman la atención. Al espacio ocioso los mongoles responden con una nula preocupación por los residuos. Se ven desde bolsas y envases hasta las cosas más insólitas como un coche para bebe. Es como si en medio de la nada a alguien se le ocurrió que lo que llevaba en el auto no lo necesitaba, y lo dejó ahí. Bizarro.

Más sentido tiene unos montículos de piedras que se dejan ver cada tanto. Envueltos en cintas de color azul y decorados con artefactos por demás extraños como caños de escape y huesos de animales. Hacen las veces de pequeño santuario - una Difunta Correa mongolesa - protegiendo al viajero de los riesgos del andar.



inmensidad
no pidan que diga cómo se llama



autopista en Mongolia ¿qué camino agarro?

Erdenedalai
Kobe y LeBron, así me dijeron

Luego de una noche en un pueblo que encaja en lo que cualquiera podría entender por pueblo fantasma, de a poco nos fuimos adentrando al desierto. Y hay que hacer una aclaración, si no corrección: desierto no son las extensas dunas, arenas movedizas y oasis que traemos de nuestro imaginario popular. Por definición es una zona que cuenta con precipitaciones menores a los 250 mm anuales, lo que hace el concepto algo más amplio. Y eso es lo que fuimos a visitar.

El recorrido, sin desperdicios. Paramos en Bayanzag, unos increíbles acantilados rojos en el medio de la nada, también tierra rica en restos fósiles de dinosaurios, aunque esos hace tiempo que se los llevaron a la ciudad.

Luego sí, finalmente aparecieron las clásicas dunas. Solitarias pero orgullosas. Más nos acercamos, más pudimos apreciar su real dimensión.

Unos pobres camellos se suponía que tenían que llevarnos a dar una vuelta, pero estaban tan desnutridos y maltratados que optamos por ver el atardecer desde el filo de las dunas, de unos 190 metros de altura. ¡Y qué recompensa! La paz allí invita a respirar hondo y dejar la mente volar.

Si el dorado ocaso fue un regalo del cielo, bajar zancando los pies descalzos en la avalancha de arena que se forma en la drástica pendiente es una mezcla de libertad y felicidad difícil de describir. Gracias Ferrán por llevar la cámara :P

Más que nunca, algunos momentos no tienen precio...


(continuará)


no paran las variedades cromáticas








acantilados flameantes



el rito dice que hay que dar 3 vueltas en el sentido de las agujas del reloj

qué bicho divertido el camello








6 oct 2013

La joya de Siberia

Una parada obligada, cuando no destino final. El Transiberiano arriba a Irkutsk, la llamada París de Siberia, aunque no es pa´ tanto. Hay que tomar el tranvía que cruza el río Angara hacia la ciudad. No esta claro donde para pero finalmente lo encontramos: un cartel metálico cuelga de un cable de acero que cruza la calle. Momento de despedida de los polacos copados con los que compartí el último tramo sobre rieles. Noche de descanso y partida a las orillas del lago, ese al que rodea una aura de paz y aire de renovación.

El Baikal, la reserva de agua fresca más grande del mundo, trasciende totalmente esa estadística. Es atractivo por donde se lo mire. Se puede hacer trekking en su costa completa - aunque no siempre conectado y fácil de acceder - así como recorrer viejas trazas de tren en desuso, o simplemente observar su inmensidad desde el Transiberiano camino a Ulan-Ude. Hasta en invierno vale la pena visitarlo (aguantando sus -40°C), cuando se congela íntegramente permitiendo cruzarlo de costa a costa en 4 ruedas. También se practica ice fishing y ofrecen en alquiler unas bicicletas con clavos que me tentaron muchísimo.

Pero volvamos al verano, que es el presente. Como primera etapa me movilicé hasta Lystvianka, a una hora de Irkutsk, desde donde se puede arrancar hacia una práctica y muy disfrutable caminata por los bosques y acantilados de roca que bordean el lago allí.

En este reducto la mayoría de turistas son rusos que pasan a disfrutar las angostas arenas entre costanera y agua, en compañia de una buena cerveza y el increíblemente rico omul. A este pescado ya me lo venían recomendando desde Moscú y lo preparan ahumado. Lo venden a la entrada de casas particulares y en el mercadito local. A mi gusto se lo disfruta más cuando lo sacan caliente de unos contenedores de telgopor con papel aluminio.

Irkutsk
Lystvianka


El camino me lleva de vuelta a Irkutsk - siempre se vuelve allí - a tomarme una marshrutka a Olkhon island, y descubrir una faceta totalmente distinta del Baikal. Es un largo viaje cuya duración varía considerablemente dependiendo de la disponibilidad del ferry y el sentido de ubicación del chofer.

Olkhon espera con un pueblo totalmente inhóspito pero sumamente receptivo con los visitantes. Muy a mi pesar elegí parar en la hostería monopolio, lo que paradójicamente fue una excelente decisión. No solo los viajeros que conocí ahí cada uno y sin excepciones traían historias increíbles; el lugar aportaba lo suyo con cultura francesa en vivo así como números musicales locales.

La isla carece totalmente de infraestructura, el camino se hace al andar. Caminar, andar en bicicleta, aunque la mejor opción para conocerla rápida e íntegramente son las viejas, duras e indestructibles combis militares UAZ que no conocen limites a la hora de explorar terrenos traicioneros.

Remarco en que la zona es encantadora. El pueblo, de mayoría étnica buriata, te recibe con sus encantadoras facciones asiáticas (fetiche aparte). La creencia chamánica en las costas occidentales contrasta con las tradiciones budista-tibetanas del lado opuesto, que se extienden hacia el sur adentrándose en Mongolia. Se pueden visitar hogares para empaparse de la cultura chamánica, pero me pareció mucho más auténtico el recorrido que hicieron Ferran y Mireia - españoles con quienes coincidí en el hostel - por el valle de Barguzin parando en casas de campo.

La estadía se alarga más de lo previsto, los centros de energía que el chamanismo encontró en la isla se empecinan en retenerte. Luego de una recarga completa, el kairos dijo que es momento de continuar el peregrinaje, en busca de nuevas culturas.



trekking Bolshie Koty - Lystvianka (20km)








omul!

Baikal, Baikal (el viejo un fenómeno)
Olkhon


chamanismo



nuestro chofer también hacia de comer y ponía música

las chicas con los nombres mas cool que conocí en todo el viaje: Dunjia y Ji


Buriatia
el templo budista más grande de Rusia, a pasos de Ulan-Ude