3 sept 2020

Recalculando

El plan era recorrer por unos días las cercanías de Shanghai. Cercanías dicho con respeto, cuando nos separan 4000 km del Tibet, y hay más de 2000 km hasta la Manchuria. Lugares interesantes para conocer sobran.

Y así es como recalé en Hangzhou, a escasa hora de distancia en tren. Una metrópoli de millones que tuvo su esplendor con la construcción del Gran Canal que une los ríos Amarillo y Yangtze, y más tarde como capital de la dinastía Song del sur.

Hoy su atractivo pasa por su impecable West Lake, un lago rodeado de verde, caminos peatonales, puentes, parques y pagodas. Un trabajo en etapas que se fue gestando a lo largo de varios siglos y hoy atrae multitudes.

Los senderos se llenan de bicis de alquiler y turistas caminantes – siempre locales – de todas las edades. El calor seguía siendo agobiante, pero Hangzhou acude a la creatividad para pasar el mal rato. Toldos, sombrillas y paraguas, juntos combatiendo calor con color.

Una tendencia que venía observando en los hostels chinos se fue confirmando en esta vuelta: escasean los lugares que ofrecen cocina para los huéspedes (obligando a consumir caro en las cantinas) y peor, faltan los ambientes climatizados. O son precisamente los bares…

Y si de clima hablamos, realmente fue una odisea moverse a la luz del día. Tanto era el calor, que el itinerario se parecía literalmente a formar una figura uniendo los puntos. Siendo los puntos lugares donde tomarse un respiro como cafés y heladerías en los parques, glorietas, algún museo o cualquier refugio con sombra. Y las líneas... el camino más directo y rápido entre ellos.

Donde felizmente no hubo ese problema fue en un impresionante monasterio a unos pocos kilómetros de ahí, el complejo Lingyin. Un sinfín de templos construidos sobre la montaña totalmente boscosa lo hacía el reducto perfecto para estos monjes. Eso sí: lo que no se transpira por el microclima se termina compensando con lo aeróbico.


Desconozco si el factor climático habrá influido o no, pero otro agobio se fue colando por esos días. Por primera vez en esta aventura sentí que mi energía no era la misma, que lo nuevo y excepcional se había convertido en una rutina: en definitiva, estaba perdiendo la capacidad de asombro.

No era algo menor, más bien todo lo contrario: junto con la curiosidad se esfuma toda esencia del viajar.

Adentro mío sabía que podía pasar en algún momento, en especial después de más de un año en el camino. Nada para decidir de forma apresurada, tampoco para subestimarlo, simplemente las cosas solas se irían dando... 

West lake


carriles de sombra


cosechando flores de loto





uniendo los puntos






plantaciones de té

Por suerte llegaron los aires frescos con el desembarco en Suzhou. Ahí me reencontré con Nads, a quién había conocido en Beijing unas semanas antes. Este pueblo (la parte antigua el resto es megaciudad) es un pintoresco conjunto de callecitas peatonales cruzadas por angostos canales, todo prolijamente restaurado. Un lugar propicio para sesiones de fotos de cumpleaños y casamientos, o simplemente para abstraerse de la vorágine deambulando por sus veredas y puentes de piedra.


Similar pero más cálido resultó Luzhi – también lleno de turistas – donde nos guió un amigo de Nads por la que fuera su ciudad natal. Tertulia mediante, nuestra visita culminó felizmente entre delicias de la noche local.

Ya era momento de emprender la vuelta a Shanghai. Allá me esperaría el pasaporte con renovado sello por parte de las autoridades chinas. Más un ticket para observar y reflexionar otros largos kilómetros sobre rieles...



monasterio Lingyin




suerte











Suzhou











Luzhi









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