17 mar 2014

El gran enjambre

Momento especial sin dudas, el de cruzar fronteras. Los sentidos se hiperactivan, la mente chupa sensaciones como una esponja tratando de hacer un cuadro mental del nuevo entorno, atando cabos con el conocimiento previo, contrastando con expectativas.

Así transcurrieron las primeras horas, entre esa adrenalina y el sueño implacable que armaba una película de flashes. A alta velocidad quedaban atrás montañas, diques, puentes relucientes, pueblos de millones de habitantes, hasta que el tren dejó de traccionar para deslizarse largamente hasta detenerse. El destino que tanto había imaginado en trazados previos de repente estaba ahí: China, y para arrancar nada menos que su capital.

Me calcé la mochila, ya bastante pesada por la ropa de invierno y la acumulación de libros, y me quede admirando la moderna arquitectura que da la bienvenida a todos los afortunados en llegar sobre rieles, mientras avanzaba como quien no quiere la cosa. Encontrar la salida no iba a ser un problema, suficiente con dejarse llevar por la masa… ¡y qué mejor lugar para eso!

Lo que creía que iba a ser un forcejeo para adelantarse por donde no hay lugar, fue todo lo contrario. Mucho respeto por el otro, con paciencia aceptando la situación. Uno por uno pasaban por los separadores metálicos para ver la luz del exterior.

Esperaba una plaza que era más bien un hormiguero humano. Todos eran carteles con símbolos ilegibles y reconocer el logo del subte era una tarea titánica. Pasa que en las grandes estaciones del mundo suelen convivir trenes de larga distancia, líneas suburbanas y hasta algún tren con destino especial como ser un aeropuerto; por eso hay que mirar bien antes de perder tiempo en una cola. Finalmente apareció la boca, que era entrada nada más. Al lado estaba la docena de boleterías, cada una con largas vallas metálicas para ordenar la situación... Todo en China está preparado para las grandes masas.





Beijing sorprende por lo amplio. Obviamente está repleto de gente, pero me lo imaginaba más caótico de lo que lo encontré. Las avenidas recorren la ciudad completa, por el medio circulan coches y por los laterales las motos, bicicletas y carros, en un armónico equilibrio entre orden e improvisación. Los autos están limitados por días y las motos únicamente permitidas eléctricas. Solo un paliativo para un daño que ya está hecho: el cielo de Beijing siempre amanece gris.


A emprender la caminata. Es que, a pesar de la gran metrópolis que es, la capital conserva el alma de barrio. La vida transcurre íntegramente en la calle, vendiendo, socializando, descansando. Sobre un pequeño banquito o en cuclillas, en auténtico asian style.

Algo que llama especialmente la atención son los chicos. Por el control del gobierno, las familias se reducen a tres (al momento de mi visita). Generalmente ambos padres trabajan para mantener también a sus propios padres, que a su vez se ocupan de la crianza de sus nietos. A veces incluso los conservan la semana completa viendo los críos a sus papás sólo el fin de semana. Así todo, el círculo cierra.

Hete aquí que el único hijo goza de toda la atención pero no preocupación. Si se pega un golpe y llora a los gritos no se lo consuela, que se haga. Visten unos simpáticos enteritos de algodón con un corte en la cola, sin pañales, siempre listo para una urgencia. Se los ve alegres y básicamente… ¡por todos lados!




un paso adelante




orden para las multitudes


los hutongs, el tipo de barrio que dominaba las grandes ciudades allá por los (infinitamente lejanos) 80´s

imanes para la heladera ¿qué es eso? todos los servicios en la pared de tu casa
otro hutong
ajedrez chino




Pasear por los numerosos parques de Beijing suele ser una experiencia lúdica, viendo personas de todas las edades disfrutar, ya sea hacer tai-chi, jugar al ajedrez chino, o al ti jian, una especie de pelota de badminton con la que se juega en ronda entre varones y mujeres, a patada limpia tratando de que no caiga al suelo, ¡y que clara la tienen! Particularmente divertidas resultan las mujeres mayores que se juntan de noche para practicar bailes coreografiados al estilo de una batucada, al ritmo de una música de fondo pañuelo en mano ejercitando sus caderas.

Noche dijimos, es el momento indicado de comer – aunque la gastronomía inunde el día completo chino – dónde sino en la calle. Y acá la opción es tan amplia como el mismo territorio. La mayoría es súper informal, mesita y banquito al frente y ya está. En algunos casos uno mismo elige la carne y verdura de una heladera para que te la preparen, en otros te atienden al banquito. En todos los casos el idioma es un problema... hasta que lográs encontrar el local con el menú con fotos. Eso sí... ¡Ojo con el picante!






universal
fluye
CCTV


tarde


Sanlitun
 


el chili pepper NO se come, sólo da sabor :%#*


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