23 oct 2013

Una semana en el Gobi, segunda parte

El camino es largo, nuestra camioneta UAZ de a poco acuso el ritmo y tuvo cada vez más frecuentes "paradas técnicas". Las habilidades de Baggi se la bancaron bien hasta que el último día, cuando el carro dijo basta. Y nuestra paciencia también. Desgracia con suerte: después de días de desierto quedamos en las puertas de una ciudad. Fácil de encontrar para la camioneta amiga que trajo el repuesto. Zafamos.

Durante el andar el deleite claramente pasaba por las charlas que, con españoles e italianos, ¿en torno a qué podían girar si no es a la comida? Tanto aprendí de las delicias de nuestras madres patrias - diría más que sobre el Gobi - que ahora me tengo visitas prometidas a esos países tan solo para explorar esa veta. Pasa eso al viajar: más conoces, más puertas abrís, más querés descubrir.

Y si de comida hablamos, hay que decir que en Mongolia no se destacan precisamente por sus destrezas culinarias. Es puramente calórica, a base de carne de pésimo corte (lleno de grasa), papa, fideos y algunos mínimos vegetales. En parte porque la actividad del nómade así lo requiere - especialmente en invierno - pero también por la falta de variantes. La fruta y verdura es excesivamente cara ya que se la trae de muy lejos.






La escacez de agua se hace sentir, tal vez el único faltante importante en la zona. A metros de los gers existen unos recipientes de no mas de un litro para lavarse las manos, la cara o los dientes. La válvula deja salir unas pocas gotas por vez, lo cual termina siendo más que suficiente. Obliga a repensar nuestras costumbres de derroche ante un recurso tan imprescindible como limitado.

Esas circunstancias hicieron que, luego de unos días sin bañarnos, el cañón con otrora despreciable arroyo por el que pasamos terminara siendo una panacea. Caballos salvajes, ni lerdos ni perezosos, estaban en la misma que nosotros.

Pero lo que arrancaba como un hilo de agua, para nuestra sorpresa culminaba un valle completamente verde, con tierra húmeda, unos cuantos cuises (¿eran cuises?) asomando de sus madrigueras y muchos turistas franceses sub 70 saludando en su idioma.

La fauna siguió regalando lo suyo. En la formación rocosa de Baga Gazariin Chuluu, y gracias al radar que tiene Ferrán para los bichos, en sigiloso aborde pudimos avistar un nido de águila habitado por pichones en pleno crecimiento. ¡Increíble!

Los bichos con dueño no quieren ser menos. Parecen tener una obsesión por ponerse en el camino. Cabras y ovejas al primer bocinazo salen corriendo, aunque son multitud y no siempre agarran pal mismo lado. Los caballos también son sensibles, mientras al camello hay que insistirle bastante. Ahora sí, la vaca no se mueve por nada. Ni mu.

Ya que tocamos temas de convivencia, tengo una historia. Una noche estábamos durmiendo los cuatro en el mismo ger, ya era casi amanecer cuando escucho un pedo. Y después otro. Medio dormido pensé: Bueno, somos varios, y con la comida a la que no estamos acostumbrados puede pasar... Pero siguieron uno detrás del otro, tanto que ya era un verdadero concierto.

Mi curiosidad no pudo más y tuve que alzar la cabeza para ver que pasaba. El ruido venía de todos lados. Me levanté, asomé el cuerpo hacia afuera y ahí estaban: ¡cientos de ovejas atacando nuestro campamento! No solo haciendo la digestión matutina sino desatando los cabos del ger y dejando regalos por todas partes...

Pronto las arriaron hacia otro lado y, aunque sea por un rato, pudimos estirar el sueño. Último previo a una larga jornada de regreso a la ciudad.

¡¡Qué lugar el Gobi!!... ¿Y si se pudiera alargar el sueño?














Tsagaan Suvarga (o estupa blanca)


Baga Gazariin Chuluu



también llueve en el desierto, y deja estas cosas...



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