Entramos
a una oscura cantina, construida íntegramente en piedra, con pesados bancos de
madera e iluminación a vela. Nos atendieron dos mujeres fortachonas, vestidas
de época, de esas con las que mejor no meterse. Entre la simpatía y la
curiosidad, cedimos... el menú, una exquisita sopa de alce servida en cacharros.
Esto
ocurrió en el centro de Tallinn, un mágico casco medieval que a falta de uno, tiene ¡dos! muros que lo rodean. Pero, ¿qué hace tan especial a este lugar al que se apropiaron sucesivamente daneses, teutones, suecos, y rusos? Veremos...
Seguimos
por las calles empedradas, entre angostos pasadizos y arcos, escaleras, torres y terrazas con vista panorámica. Y ahí otra
perlita... entre tantos locales de pantuflas, gorros y guantes encontramos un
museo/homenaje a las artes titireteras - de gran tradición en Estonia - y su
eximio representante, Ferdinand Veike. Un divertido recorrido por un mundo de fantasía, con una imperdible colección
de títeres, máscaras y trajes que divirtieron a los bajitos durante décadas. Y
lo siguen haciendo.
El momento lúdico no terminó ahí; con nosotros en el hostel estaba parando Alonso con su
mujer, de México, mago de profesión. Y, gajes del oficio, nos tuvo que entretener con su
show mientras la noche se iba poniendo a tono.
La
noche de Tallinn, ¿podemos seguir llamándolo juego? Muy bien armada, con
opciones para todos los gustos. Qué clara que la tienen con el turismo.
Haciendo honor a la historia reciente no se puede dejar de explorar el legado soviético, pesada herencia que retrata a la perfección el excelente Museo de la Ocupación, entre otras ocupaciones.
Algo
más simpático luce el palacio Linnahall, un colosal gigante de cemento que se
construyó para los JJOO del 80 en Moscú (¿alguien se acuerda de la lata de coca-cola de esos juegos?), donde Tallinn ofició de sede para los
deportes acuáticos. Hoy esta cerrado, abandonado, y sirve para tomar una brisa
de aire fresco cerca del mar.
Pero
lo más jugoso se revive en el Viru Hotel. Este hotel, que data de 1972
aunque hoy está renovado, ya trae historias de cuando ni siquiera había nacido.
El Kremlin, a sabiendas de que su obra pública no cumplía en tiempo
y calidad, contrató una empresa finlandesa para la ocasión. ¿Pero cómo
admitir semejante falla en el sistema? Surgió un brillante argumento para la gilada: Finlandia estaba en crisis, y se les estaba haciendo un favor.
Una
vez terminado, el Viru se convirtió en el hotel más lujoso de la URSS,
recibiendo la visita de la más encumbrada nobleza
soviética. También era un lugar adecuado para que Intourist – la monopólica agencia de
turismo soviética – enviara a los extranjeros de visita por el Este. No había
detalle sin cuidar: las habitaciones asignadas eran generalmente las mismas,
los vecinos ficticios y contratados por el servicio secreto, que también tenía
entre sus filas a parte del staff del hotel. La base de operaciones funcionaba
en el piso 23, originalmente destinado a ser un restaurante, íntegramente ocupado por la KGB.
También
la inmensa burocracia de servicios que ofrecía el lugar tenía su
sentido: que el foráneo se sienta a gusto, no salga del hotel, y vuelva a sus tierras con una
excelente opinión sobre el régimen.
Más allá de las historias de espías, trabajar en el Viru Hotel era muy preciado. En aquellos
tiempos, con la nula relevancia del dinero pasaban a pesar otros aspectos. El
contacto permanente con personas cercanas al poder podía ser muy útil a la hora
de destrabar situaciones con el estado, o favorecer a algún familiar. En
particular el jefe de piso, cuyo único trabajo era estar sentado al lado de la
puerta del ascensor tomando registro, tenía singular atractivo: conocía a la
perfección todos los movimientos del lugar.
De
vuelta a los orígenes, en algún momento Tallinn fue fundada por el pueblo
ugrofinés, las mismas raíces que los finlandeses; de ahí es que comparten buena parte de sus idiomas (y se entienden).
Pero
ese intercambio, que más cerca en el tiempo fue la señal de radio finlandesa que tomaban los estonios para enterarse del mundo detrás de la cortina de
hierro, pasó a ser totalmente otro...
Un
día organizamos una visita a Helsinki, la ciudad donde caminan en trajes de nieve. Es simple de llegar, algo menos de 3 horas en ferry para cruzar centro a centro. Después de un
entretenido día rastrillando las calles y deleitándonos con pinceladas
de su afamado diseño, emprendemos regreso al puerto. Este ferry estaba un
poco mejor armado, como si fuera un crucero. Y la gente también. Pronto
advertiríamos el clima festivo, y no pudimos con nuestra curiosidad. A la
sabida existencia del alcohol más
barato en Estonia, ahora nos enteramos que habíamos embarcado el “barco
fiesta”, que sale de Helsinki, hace noche en Tallinn, y vuelve a la mañana
siguiente.
Así fue que que pasamos del karaoke de clásicos fineses – todos vestidos de
fiesta – a un boliche que todavía estaba en pañales, y la pista de baile
de oldies, on fire. La vuelta por el
supermercado fue imperdible: toneladas de alcohol, y una cantidad de gente que
parecía vísperas de Navidad. Ni hablar del último paso por el hall, donde una
pareja protagonizó una pelea de novela, con gritos y llantos incluidos.
¡Recuerdos de viaje de egresados!
Por
si fuera poco y los excesos del barco no alcanzaran, a unos metros del puerto
hay unos tremendos alco-mercados y por lo que vimos, con muchos clientes.
Tiempo
de despedida de Christian, y para mi de mezclarme más con la cultura rusa... Si, más.

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